LA DIGNIDAD DE LA CONCIENCIA MORAL A LA LUZ DE LA CONSTITUCIÓN PASTORAL GAUDIUM ET SPES


LA DIGNIDAD DE LA CONCIENCIA MORAL A LA LUZ DE LA CONSTITUCIÓN PASTORAL GAUDIUM ET SPES
Capítulo I
FUNDAMENTOS BÍBLICOS, TEOLÓGICOS Y  ANTROPOLÓGICOS DE LA CONCIENCIA  MORAL
1.1 Noción de conciencia moral
Un análisis del vocablo conciencia, partiendo de la experiencia cotidiana, nos damos cuenta que en la conciencia el hombre experimenta de manera inmediata en la profundidad de su ánimo la cualidad moral de una decisión o acción personal concreta, y la experimenta como un deber que le impone la vivencia de un sentido capaz de dar plenitud a su ser personal. La conciencia, más que normas formuladas, experimentamos la exigencia del valor, del mundo, de la plenitud como incitación al bien, o la presencia de lo negativo como el mal que nos amenaza y que hay que evitar[1].  
El  lenguaje popular la palabra conciencia está asociada al bien obrar, porque cundo de una persona se dice que actúa con conciencia, o en conciencia, es porque lo que ha hecho es digno de alabar, y por tanto bueno. En cambio, cuando se afirma que una persona acta sin conciencia, es porque no ha obrado bien, y su comportamiento es reprobable de ante  la sociedad.
De acuerdo a la Real Academia de la Lengua Española, la terminología conciencia de deriva del latín conscientia, entendida como una propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus propiedades esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta. También es entendida como el conocimiento interior a cerca del bien y del mal, y conocimiento reflexivo de las cosas. O como la actividad mental a la que solo tiene acceso en propio sujeto. Ya en el campo de la psicología se comprende como en acto psíquico por medio del cual un sujeto se conoce a sí mismo en el mundo[2].
Una definición más generalizada de la conciencia que evoca a una concepción profundamente personalistas, nos la presenta José Roma, en la que considera la conciencia desde una índole humanizadora e interior, que por su fuerza de juico, si el hombre escucha su conciencia puede vivir en armonía interior consigo mismo, logrando de esta manera la paz y libertad interior. Y de ahí se desprende el estado de ánimo o la actitud con que el hombre puede responder a la demanda de su entorno, por eso afirma el autor que:
       «La palabra conciencia evoca en nuestros espíritus la idea múltiple de un testigo permanente en nuestra vida psíquica; de un juez del bien y del mal moral, cuyo sugerimiento o cuyo refuerzo se ofrece a nosotros; de un responsable ante este juez de todo lo que emana de nuestro querer; eventualmente, de un vengador, en este responsable, de las violaciones del orden sancionado por este juez. Y estas diversas funciones (...) las evoca la palabra conciencia como otros tantos comportamientos o estados, como otros tantos atributos de un mismo yo, que, gracias a su poder de reflexión, puede asistir a lo que sucede en él, hacerse la ley, comparecer ante su propio tribunal, sufrir, en fin, del desacuerdo o gozarse de la armonía que contrasta entre lo que cree deber hacerse y lo que hace»[3].

La conciencia es lo más íntimo de la persona, san Agustín llamó conciencia al interior del hombre, en tanto que el maestro de la Escuela de Alejandría, Orígenes, llamó a la conciencia como el alma del alma. Por tal razón, solo se puede hablar de la existencia de la conciencia en el hombre; porque el animal tiene sensaciones, pero no es consciente de ella, el animal siente, pero no es consecuente de lo que experimenta, en cuanto le falta la reflexividad de percibir como sujeto. Se da lo contario en el hombre, ese sí es consciente de su propias sensaciones, a este tipo de conciencia se le denomina conciencia sensitiva[4].            

La conciencia en la reflexión filosófica desde el sentido estrictamente etimológico, se entiende como una saber concomitante acerca de la existencia psíquica propia y de los estados en que esta se encuentra, en este sentido, podemos hablar de una conciencia refleja perfecta que se proyecta sobre los procesos y estados psíquicos, lo que sería lo mismo que conciencias del acto, y conciencia del objeto y del sujeto, esta última se denomina conciencia de yo[5].

En este mismo ámbito de la reflexión especulativa podemos ver la conciencia desde varias accesiones: capacidad para vivir consciente,  esto cabe dentro de la conciencia refleja intelectual, acto propio de la mente. La conciencia como una propiedad del espíritu, el ser consciente por sí mismo[6].  Desde esta perspectiva la conciencia se asocia al conocimiento o capacidad de conocer, de dar cuenta – ser consiente-, de un mismo o de la realidad que nos rodean.

La palabra conciencia, también la podemos ver desde el ámbito de la facultad intuitiva por la que uno juzga un acto realizado o por realizar. Más que una ciencia teórica sobre el bien y el mal, es un juicio práctico por el que uno declara que ha sido para mí bueno o malo. La Biblia no conoce palabra propia para designar la conciencia sino a partir del contacto con la lengua griega. Por ende, syneidesis aparece en Ecl 10,20, equivalente a fuero interno, y en Sab 17,10, se refiere al testimonio interior de la impiedad. No encontramos el término conciencia en los Evangelios. Sí empleada principalmente por el apóstol Pablo. Sin embargo, la realidad a la que hace referencia el vocablo conciencia aparece en toda la Biblia[7].

Cuando en el Antiguo Testamento se puntualiza la función de la conciencia se atribuye al corazón o a los riñones. “En seguida el corazón de David se puso a palpitar; ¡había censado al pueblo! Le dijo a Yahveh: Cometí un gravísimo pecado” (2 Sam 24, 10); De igual manera, cuando David cortó la orla del manto de Saúl el ungido del Señor (1Sam 24, 6); o cuando se le dijo que podría pesarle haber derramado sangre (25, 31). El remordimiento de la conciencia es asociado a la alianza concluida con el Señor. En efecto, Yahveh escudriña los riñones y los corazones (Jer 11, 20; 17, 10; Sal 139, 2)[8].

 

 

1.2 La conciencia en la reflexión moral
La conciencia moral significa la capacidad del espíritu humano para conocer los valores, preceptos y leyes morales. También la podemos entender como la autoridad interior que manifiesta al hombre lo que debe hacer o dejar de hacer, esta le sirve como voz de alerta ante el obrar, y como fuerza laudatoria o condenatoria. UN impresionante testimonio de la fuerza de la conciencia lo constituye el arrepentimiento moral, en que el hombre detesta con pesar su mala acción y que en muchas ocasiones le impulsa a confesar exteriormente su culpa. El origen de la conciencia se encuentra en la aptitud del hombre,  en cuanto persona imagen de Dios, para realizar valores morales, así como en la capacidad para conocerlos y aplicarlos a la situación propia e individual[9].
El hombre dirige la reflexión a su obrar, porque la persona humana no solo siente y piensa, sino que vive y actúa. Es por ello que el actual humano no es ajeno al juicio humano. Pues bien, la persona es capaz de darse cuenta de lo que ha hecho, hace o va hacer sea bueno o malo. Pues semejante al modo de como la razón especulativa realiza un juicio teorico,  y mediante ese procedimiento descubre la veracidad oel error, la conciencia emite un juicio práctico y descubre el bien o el mal. En es definitiva lo que llamamos conciencia moral, reflexión y juicio sobre el actuar. Ella se encarga de emitir el juicio practico de lo que se ha de realizar o dejar de hacer[10].
LA gradeza de la conciencia, de acuerdo a Aulerio Fernandez reside en una peculiar capacidad de enjuciar el hobrar del der humano:
“Esa capacidad de emitir un juicio práctico sobre el actuar, en el cual el sujeto pone en juego la calidad de su existencia como ser humano, es lo que engrandece a la persona. Tal valia la descubre y ensalza la sabiduría popular cuando emite el juicio más elogioso de un individuo con éste u otro similar comentario: “Es un hombre-o una mujer- de conciencia”. Esta expresión se contiene la mayor alabanza acerca de la valía y autenticidad de una persona. Y, al contrario, el veredicto más denigrante es afirmar de alguien: “ése no tiene conciencia”, y aún más definitoria de la mala catadura moral es afirmar: “es un hombre –o una mujer- de conciencia depravada[11]”.



[1] Cf. RAHNER, K. - I. MUNSTER, Sacramentum Mundi, Enciclopedia Teológica (Herder, Barcelona 1976) Tomo I, 855-856
[2] Cf. Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española, tomo III, 200122   )415.
[3] DELHAYE, PH., La conciencia moral del cristiano, 37; Di MARINO, A., «La coscienza alla ricerca del benemorale», enRTMor 80 (1988), 77-88; FRATALLONE, R., «La dottrina teológica sulla coscienza cristiana», en RTMor 4 (1972), 237-250. En: J. R.  Flecha Andrés, Teología moral fundamental (BAC, Madrid 2001)271-272.
[4]CF. A. Fernández, Diccionario de teología moral (Monte Carmelo, Burgos 2005)256.
[5] W. Brugger, Diccionario de filosofía (Herder, Barcelona9 1978) Volumen I, 115-116.
[6] Cf. Ibíd., 118.
[7]Cf. X Léon Dufour, Vocabulario de teología bíblica (Herder, Barcelona17 1996) 176.
7 Cf. Ibíd.

[9] Cf., W. Brugger, Diccionario de filosofía, 118.
[10] Cf. A. Fernández, Diccionario de teología moral, 257.
[11] Ibid., 257.

Comentarios